La vida es sueño

Obra ganadora del XX Premio Internacional de Narrativa de la Asociación de Periodistas de Ávila

LA VIDA ES SUEÑO, de Antonio Salinero

 “El Teatro no puede desaparecer porque es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma”, Arthur Miller.

La fecha del estreno estaba a la vuelta de la esquina y la zozobra ante la inminencia del fracaso se adueñaba de mí. El insomnio, las palpitaciones y las continuas pesadillas iban a acabar conmigo.

Para redimirme de anteriores fiascos como director teatral, dejar las marionetas y salir del pozo negro en el que me hallaba inmerso, opté por un clásico. A tiro fijo. La coyuntura no aconsejaba aventuras y, como no era menester devanarse los sesos con libretos vanguardistas o arriesgarse con Ionesco, Sartre o Pirandello, me decidí por una fiel adaptación de “La vida es sueño”.

Llevaba una racha tan mala que no me hubiera importado hacer de estatua humana en el parque, al menos los niños me hubieran lanzado algunas monedas.

Rebusqué en mis viejas agendas y pese a las suplicantes instancias cursadas a concejales y demás mandarines culturales de la región, nadie quiso subvencionar el proyecto, así que tuve que malvender mi coche y la bisutería de la abuela para montar la obra. La estrechez presupuestaria la convirtió en una patochada minimalista sin apenas tramoya ni decorado, un montaje ramplón sin orden ni concierto. Un desastre.

Ah, y mi otrora buen ojo para el casting, sin duda aquejado por la miopía que suele provocar la penuria financiera, terminó por seleccionar un elenco funesto.

A punto estuvo de sobrevenirme un infarto en los ensayos. Los actores, incapaces de memorizar el libreto, enredaban frases, improvisaban gestos y se dejaban llevar con harta frecuencia por sus desequilibrados impulsos emocionales. No ganaba para sobresaltos. Aún así pensé que la emoción y la fuerza dramática de la obra superarían las carencias del reparto.

Segismundo, un actor fogueado en el teatro de Manolita Chen, alternaba la función con las reuniones en Alcohólicos Anónimos. A causa de su abstinencia o de sus continuas recaídas sufría un tic nervioso que le forzaba a pestañear de forma ostensible y a mover los dedos como si ensayara un nocturno de Chopín. Para colmo de males el dichoso tic le sobrevenía en pleno monólogo del primer acto: “¡Ay, mísero de mí! ¡Ay, infelice! Apurar cielos pretendo…” Con su carraspera, aquellos lamentos existenciales parecían encajar mejor en una lóbrega taberna del puerto.

Rosaura, en busca de algún sobresueldo en camerinos, parecía empeñada en mostrar sus ajados encantos en escena y así era imposible transmitir la pureza que se presumía a la doncella “… Pero yo en la venganza dejaré mi honor tan limpio”. Además era colombiana y con un acento dulzón de barra americana.

Ella añadía otro historial pero su currículo artístico se reducía a un papel de chacha en un culebrón y al doblaje al castellano de un par de películas eróticas para Caracol televisión. A menudo sacaba a relucir el retraso salarial y me restregaba en la cara que ganaba bastante más amenizando cumpleaños y despedidas de soltero.

Clotaldo, Clarín, Astolfo… A qué seguir. Sospecho que todos ellos acudían a los ensayos por falta de otra ocupación, para matar el rato.

No tenía ánimo para seguir. Había adelgazado cuatro kilos el último mes. Amén del suicidio o del cobijo en las drogas, sopesé la idea de tirar la toalla y romper el contrato. El empresario teatral, un tipo orondo y petulante, con camisa despechugada y grueso collar dorado al pescuezo que respondía al nombre de don Faustino, me desaconsejó al respecto so pena de citarme en los tribunales y otras cosas peores que al parecer ocurrían en las inmediaciones del teatro y que la policía se empeñaba siempre en atribuir al hirsuto cancerbero rumano que le custodiaba la puerta. Eso sí, a la vista de la ingobernable tropa, sugirió con un rictus sardónico un cambio de título; algo más conmovedor, algo como: “La vida es una pesadilla”. Y festejó el pueril sarcasmo con una carcajada.

Tampoco me negué a que nos publicitase como teatro experimental e inclasificable, aprovechando un gancho comercial que no acababa de entender muy bien. Nos prometió el salto a Madrid en septiembre y me mostró el boceto pergeñado a rotulador que iba a llevar a la imprenta: “La vida es sueño”, Teatro del absurdo. Original e hilarante. Adaptación libre de… y mi nombre debajo en letra cursiva para escarnio de la profesión. Bajo el título había esbozado también una especie de tumbona que parecía el diván de un psicoanalista. Callé y otorgué sin atreverme a preguntar por el sentido del dibujo. Ya tenía demasiados quebraderos de cabeza como para enredarme con la metafísica.

El fracaso de la primera quincena en cartel fue monumental. La sala se veía llena porque el empresario había ofertado entrada libre a parados y pensionistas y en la rebusca tiró de contactos en geriátricos, puticlubs y demás centros de salud mental, pero con tanto jubilado, sin venta en taquilla era imposible pagar a los actores.

A menudo los diálogos eran interrumpidos por alharacas varias y risotadas fuera de lugar y al final de la representación el público, puesto en pie, silbaba, abucheaba y nos tiraba lo que tenía más a mano, zapatos incluidos. Sin duda, aquella peculiar patulea parecía simbolizar a la perfección la sublevación popular que restablecía en el trono de Polonia al hijo de Basilio.

Segismundo, inmune a mis consejos, venía cada vez más desaliñado y casi no hacía falta tirar de los andrajos de vestuario para hacer creíble su injusta reclusión en la mazmorra. A juzgar por sus ojeras y la frecuencia de sus tics ya no debía acudir con regularidad a las terapias de grupo de la asociación, incluso echaba algunos tientos a su petaca en plena escena. Jarabe contra la tos, decía.

Un día se le fue el santo al cielo. Se quedó traspuesto en la silla y, con los nervios crispados, tuve que salir al escenario y echarle un cubo de agua fría sobre la cabeza. Aquello provocó la hilaridad entre los abuelos. Sentí vergüenza propia y ajena.
La colombiana se contoneaba por el escenario, ponía en boca de Rosaura expresiones procaces quien sabe dónde aprendidas y, jaleada por la concurrencia, insinuaba la danza del vientre y enseñaba pierna siempre que podía. Expresión corporal, decía. ¡Chévere, chévere…!

La ausencia de apuntador y de neuronas contribuía a la continua improvisación y a la mezcolanza de frases fuera de contexto del Tenorio, del Caballero de Olmedo y de otros papelitos que los actores habían interpretado en sus tumbos actorales por las fiestas de los pueblos. “¡Cuán gritan esos malditos!…” “MI reino por un caballo…” “¿No es verdad, ángel de amor…? “ Ser o no ser…” En fin, un auténtico caos.

Y aquel desatino, aquel engendro escénico se alejó de Calderón para acercarse cada vez más a una dolorosa parodia de la Venganza de don Mendo. Ay

Pero sesión a sesión, por extraños designios y arcanos inescrutables, la sala fue llenándose de un público distinto. Al parecer, la noticia de aquel disparate escénico había corrido como la pólvora y nadie en la ciudad quería perderse el patético espectáculo. Un día, no lo olvidaré mientras viva, el empresario anunció la visita de la prensa local. Me reuní con los actores y les anuncié la buena nueva. Aquella tarde vinieron todos puntuales, pulcros y aseados, Rosaura más modosa y Segismundo, incluso sobrio. Antes de comenzar la función don Faustino pasó revista y nos dedicó un premonitorio:
¡Mucha mierda!

Entre candilejas, diluidas entre el patio de butacas, pude reconocer las caras de algunos críticos culturales, poetas diletantes, titiriteros varios y demás gente de mal vivir. Todavía se me pone la carne de gallina al recordarlo.

Sonó un timbrazo agudo en el vestíbulo, se apagaron las luces de la sala y el telón inició un ascenso quejumbroso. El ritmo cardiaco se encabritó y el sudor invadió mi frente. Tragué saliva.

Hora y media más tarde, nadie que hubiese visto la obra daría crédito a lo ocurrido: Habíamos bordado la representación. Segismundo declamó los soliloquios como si se tratara del mismísimo Fernando Fernán Gómez, Rosaura musitó los diálogos con el fervor de una novicia y los demás estuvieron a la altura del festival de Almagro. Se me saltaron las lágrimas.

Cuando salimos cogidos de la mano, dispuestos a bajar la cerviz ante el respetable público, se hizo un silencio de funeral sólo roto por los chirridos de las butacas al plegarse y por algún que otro aplauso desperdigado en el gallinero que no consiguió contagiar a nadie más. Y en aquel instante nos dimos de bruces con la cruda realidad: Quisimos revelarnos a nuestra condición de fracasados y sepultamos el duende. “Que los sueños, sueños son…”

Tras el parón veraniego, y tal y como había prometido don Faustino, dimos el salto a la capital. Quizá porque el oráculo había presagiado rebelión, porque la cabra tira al monte o porque aún les debía dinero, los actores volvieron a las andadas.

Segismundo está más demacrado y bebe en escena, declama sin vocalizar y con la voz pastosa “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción…”. Con frecuencia le sobreviene un intenso ataque de hipo. El sobresalto que le produce mirar mi rostro candente entre bambalinas suele neutralizar sus efectos. A veces, en plena función, se desvanece y ronca. Aduce miedo escénico. He delegado la tarea de despertarlo con el cubo de agua en Basilio que, dicho sea de paso, pese a los burdos postizos, más que su padre parece su primo.

Rosaura sale a escena con más desparpajo y cada vez más ligera de ropa. Basilio suele tirarle el agua a ella y la camiseta mojada se le pega al cuerpo como un tatuaje. Sólo le falta anunciar la tarifa del francés en camerinos como las azafatas que exhiben un cartel en los combates de boxeo. Los demás, propensos al alterne nocturno, llegan impuntuales y somnolientos. Eso me obliga a doblar ausencias, suprimir escenas y convertir la obra en un embarullado vodevil.

Sin embargo, paradojas del destino, el éxito en Madrid no se ha hecho esperar. “Que quizá soñando estoy, aunque despierto me veo…”

En sus reseñas la crítica especializada ensalza la obra y habla de adaptación original y disparatada, de mezcla de realidad y pesadilla, de inteligente ópera bufa, de personajes que mediante la burla, la caricatura y la degradación personal muestran al auditorio el eterno dilema filosófico sobre la tragedia del destino desde un prisma descarnado e innovador.

No era Calderón, era el esperpento en el que convertíamos su obra lo que realmente conectaba. Es nuestro tormento vital lo que el público quiere presenciar, es nuestra tortura cotidiana lo que arranca entre la gente sus risas catárticas. Es el amargo espejo deformante en el que nadie quiere verse reflejado.

La obra suena como firme candidata a los premios Max y el empresario, que ahora me apea el tratamiento y me permite llamarlo Faustino, quiere llevarnos de gira triunfal por toda la península. Yo he recuperado mi viejo Chevrolet, Segismundo ha cambiado de amigos y de brandy, Rosaura sólo atiende a caballeros solventes y el resto se ha hecho un hueco entre la caterva de figurantes y cotillas que brujulea por las cadenas de televisión. “Y en el mundo en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende…”

 
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